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El camino de un maestro: Luis F. Iglesias.


"Maestro, ¿fue ingenuo el discurso que brindó en el año 1938, en el que usted se alegraba por la opción de un empresario de donar dinero para la construcción de una escuela y una iglesia, a diferencia de otros empresarios que colaboraban con el nazismo?.........No, Cinthia, no fue ingenuo, tenía plena conciencia humana."

Ese fue el discurso que generó el castigo aplicado por el gobierno conservador al Maestro Luis F. Iglesias (1915, Tristán Suárez), que lo confinó a trabajar en una escuelita alejada en la cual "encontró su porvenir, con todos los grados, de primero a sexto". Por la fuerza de sus convicciones, Iglesias, que se definía como maestro de la escuela primaria, transformó aquel castigo en una hermosa experiencia pedagógica modelo para toda América Latina.

Siempre insistía en la idea de que el camino se encontraba caminando. Y esta frase aparentemente simple no es tan sencilla para un maestro. Para él, transitar el camino de la enseñanza implicaba caminar por el mundo de la poesía, de la pedagogia, de la escuela y de los chicos. Su experiencia se fundamentaba en las lecturas que había realizado desde muy joven -siempre se reconoció como un gran lector- que lo nutrieron y lo apasionaron. Y así como tenía una vasta biblioteca en su casa, también la fue construyendo en la Escuela Rural Nº 11 de Tristán Suárez, en la que trabajó durante veinte años como maestro único. Los alumnos -hijos de campesinos, tamberos, que hablaban algunos en español y otros en otras lenguas como el italiano, que se levantaban muy temprano a la mañana para realizar las tareas del campo-, gozaban en la escuela de una biblioteca grande (para los grados superiores) y una biblioteca chica (para los grados inferiores).

Contaban además con una estación meteorológica en la que se tomaba la temperatura todos los días y los chicos, con orgullo, festejaban que siempre coincidiera con la temperatura oficial. Allí tenían un barómetro y un pluviómetro. Tenían también un laboratorio en el que, por ejemplo, producían oxígeno. Estaba equipado con preparados de alto nivel científico que proporcionaba Clementina Leston, bioquímica y esposa de Iglesias, quien acompañando a su marido, vivió y participó con pasión en el desarrollo de la escuelita. Había además un museo en el que, entre otras muchas cosas, podía encontrarse una botellita con agua de mar, traída por uno de los chicos de Mar del Plata.

Iglesias se definía a sí mismo también como escritor. A los quince años escribió una novela "El tamborcillo", en la que se oponía a la efervescencia beligerante de la época. Esa pasión por escribir lo llevó a relatar su experiencia a través de una vasta obra literaria. Reflexionaba sobre lo que hacía y lo escribía, recreando perspectivas educativas y creando una pedagogía singular que se diseminó en escuelas fundamentalmente rurales de todo el continente.

Leyendo, escuchando, pensando y haciendo fue descubriendo las necesidades reales que tenían los chicos, sus enormes potencialidades, sus inquietudes, y las distintas maneras de aprender mejor y con alegría. Y esa sensación se vivía realmente, tanto él como sus ex alumnos reconocieron que era una escuela feliz a la que los chicos no querían faltar por ninguna razón. Y junto a ellos, Iglesias se sentía feliz por ser maestro.

Con esta preocupación por la infancia y "por romper los muros de la escuela burocrática, rutinaria, sujeta a la pedagogía de leer y escribir" -como aseguraba- desarrolló una serie de herramientas didácticas de avanzada, tales como los cuadernos de pensamientos propios, las grillas de autoevaluación o los guiones didácticos. Lo que inscribe a su experiencia en la Escuela Nueva que se diferenciaban de las propuestas generalizadas en su época.

Si bien Iglesias fue maestro único, como todo maestro creador no trabajaba en soledad. Estaba acompañado por tres pilares fundamentales. En principio, una formación sólida en la Escuela Normal de Lomas de Zamora, en la que estudió y en donde recibió la influencia de Lidia Bassi -hija del profesor Ángel Bassi-, y que era, según su visión, más positivista que su padre. Ella le transmitió la filosofía positivista y la pasión por enseñar, parte de la cual él incorporó en su trabajo. "No es nada difícil al leer mis libros encontrar el pensamiento positivo en vivo", comentó en una entrevista.

Un segundo pilar fueron sus convicciones ideológicas: su ideología socialista y humanista la adquirió en parte en su formación, gracias a su maestra Isolina Maffía, de cuarto grado, quien tuvo una fuerte influencia en él. Finalmente, el tercer pilar fue el ambiente cultural que vivió en su juventud, cuando participaba en el grupo Lilulí. Este grupo, formado por escritores, filósofos, artistas plásticos, se reunía todas las semanas en el café Tortoni para discutir sobre política, filosofía y arte, donde era el Maestro del grupo.

Años más tarde fue ascendido a supervisor. También creó y dirigió el periódico Educación Popular, de agitación pedagógica -como sostenía- y en el que escribieron los más importantes educadores de América Latina. Recibió muchos reconocimientos. Varias escuelas llevan su nombre, y en 1986 obtuvo el Premio Konex de Platino de Humanidades, Educación/Maestros, y en 1996 fue declarado Ciudadano ilustre de la Ciudad de Buenos Aires.

Falleció a los 94 años. Su legado, su compromiso con la igualdad de oportunidades para todos los chicos -nacieran en el contexto en que nacieran-, la posibilidad de crear una escuela para todos y feliz, queda en manos ahora de las nuevas generaciones.


Texto de Cinthia Rajschmir.




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